domingo, 6 de mayo de 2012

LOS PROBLEMAS DE LA VIDA


POR: KRISHNAMURTI
ENVIADO: FUNDACION KRISHNAMURTI

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La vida humana está llena de problemas: problemas personales, problemas interpersonales, problemas existenciales, problemas circunstanciales, problemas sociales, y muchos más. Estos pueden angustiarnos y hundirnos, pero también, sin duda, nos humanizan, nos educan, nos maduran, desarrollan nuestra comprensión y nuestro sentido de la comunidad humana. Son la materia de la literatura y de gran parte de la conversación humana, desde el libro de filosofía a la conversación en la cena. La vida nos pone a prueba con los problemas: la manera de abordarlos, vencerlos, solucionarlos o hacerles frente determina nuestro carácter. 



Sufrimos, nos atormentamos, nos hundimos o salimos adelante; ésa es la vida, ésa es la condición humana. Si alguien, por privilegio o por cautela, los evita, consideramos que debe estar satisfecho de sí mismo o ser insensible. Admiramos al triunfador, al superviviente, al estoico, y nuestros corazones se inclinan por los que están destrozados mental, corporal o espiritualmente por los problemas de la vida. Nos podemos identificar con quien vence o es vencido, pero alguien que profesara no tener problemas, o que rehusara tenerlos, parecería que confesaba una disociación de la condición humana y sería, bien un idiota, bien un santo.
Krishnamurti, en uno de sus diálogos con David Bohm, dijo: «Me niego a tener problemas.» Ciertamente no era un idiota, y sabemos que no se consideraba ni deseaba que lo consideraran un santo, de modo que, ¿cómo vamos a considerar su afirmación? Él hubiera discutido todas las frases del primer párrafo de este capítulo, excepto las dos primeras. Su actitud ante los problemas, como ante muchas cosas, ponía cabeza abajo la sabiduría admitida y el pensamiento convencional. Cuando la gente llegaba a él con problemas, no obtenían ni consuelo ni admoniciones sacerdotales, ni el consejo del hombre sabio, ni dirección ni solución. Algunos se iban decepcionados, porque no recibían las respuestas esperadas, pero otros se alejaban con una actitud diferente hacia sus problemas y una comprensión de los mismos que les ayudaba más que cualquier consejo o consuelo otorgado.
Cuando Krishnamurti dijo que él personalmente se negaba a tener problemas, quiso decir que se negaba a detenerse, preocuparse o cavilar sobre las situaciones de la vida. En realidad, concedía que hay situaciones en la vida que requieren decisión y acción, pero negaba que una decisión sea algo a lo que se llega por medio del pensamiento y después se pone en práctica. Más bien, dijo, «actúa la decisión», poniendo como ejemplo su disolución de la Orden de la Estrella en 1929: «Tuvo una idea; la disolvió. ¡Terminada! ¿Para qué necesitamos el pensamiento?» El pensamiento, la preocupación, la búsqueda de soluciones, son procesos de la mente, y «la mente es la creadora de los problemas y, por tanto, no puede resolverlos». Por supuesto, sobre este principio Krishnamurti no podía dar a la gente consejos ni formulaciones verbales que pudieran llevarse a cabo y pensar en ellas. Sólo podía procurar fomentar en ellos la idea que les permitiría resolver o disipar los problemas por sí mismos.
Krishnamurti era consciente de la ambivalencia de los seres humanos hacia sus problemas, y escribió: «Luchar con un problema es para la mayoría de nosotros una indicación de existencia. No podemos imaginar la vida sin problemas; y cuanto más ocupados estamos con un problema, más despiertos creemos que estamos.» Estamos familiarizados con los problemas, nuestra mente se alimenta de ellos y, aunque podamos estar angustiados a causa de nuestra preocupación, quizá en el fondo tememos que estaríamos aún más angustiados y perdidos si no los tuviéramos. Disfrutamos con el psicoanálisis, buscando las causas, desenterrando material psíquico subconsciente y sometiéndolo al escrutinio de nuestra conciencia racional, esperando así encontrar soluciones a los problemas que tenemos con nosotros mismos o con nuestras relaciones. Podemos contratar a profesionales, psiquiatras o terapeutas, para que hagan el psicoanálisis por nosotros, porque reconocemos que somos criaturas complejas y que la comprensión correcta de nuestras complejidades necesita un tipo concreto de aptitudes. Otras clases de profesionales, sacerdotes o gurús atienden nuestros problemas espirituales o aquellos que surgen de las situaciones comunes, tales como el luto o el enfrentamiento a nuestra propia muerte. Lo que en realidad queremos es resolver nuestros problemas, o que nos ayuden a resolverlos, pero son tantos y tan diversos que no esperamos vernos nunca libres de problemas, y quizá no estemos seguros de que deseemos estarlo.
Por supuesto que no, diría Krishnamurti, porque todos los problemas están relacionados con el Yo, el ser humano único que cada uno de nosotros piensa que es y que, tanto si estamos orgullosos como descontentos de él, lo apreciamos por su unicidad. «Los problemas existirán siempre donde las actividades del Yo sean dominantes», escribió. Y una de las actividades del Yo es buscar soluciones a los problemas. Creamos una situación en la que el problema y la solución son dos cosas separadas, imaginando que una puede anular la otra. Nos concentramos en encontrar una solución y al llegar a una la aplicamos o la llevamos a cabo; y con frecuencia generamos otros problemas a causa de nuestros esfuerzos. No es difícil encontrar soluciones, la mente humana es experta en el juego, pero toda esa atención dirigida a la solución, realmente, deja desatendido el propio problema.
Buscar una respuesta es evitar el problema —que es precisamente lo que la mayoría de nosotros desea hacer...—. Pero entender un problema es arduo, requiere un planteamiento diferente, un planteamiento en el que no haya un deseo oculto de respuesta... Uno debe establecer una relación correcta con el problema, que es el inicio de la comprensión; ¿pero cómo puede haber una relación correcta con un problema, cuando sólo te preocupa deshacerte de él?... La perceptividad sin elección de la manera de tu planteamiento proporcionará la relación correcta con el problema, el cual lo crea uno mismo, y, por tanto, debe haber conocimiento de sí mismo. Tú y el problema sois uno, no dos procesos separados. Tú eres el problema.
Que te digan «Tú eres el problema», que no hay respuesta que lo vaya a solucionar, que no puedes obtenerla por ti mismo ni te la puede proporcionar otro, y que buscarle solución es inútil, no es la clase de sabiduría práctica que buscas cuando, en tu angustia, te abres paso hasta la puerta del hombre sabio o santo. Sentimos que somos vulnerables en nuestra angustia, y cuando se la confiamos a alguien consideramos que hay un contrato no verbal por el que el confidente respeta esa vulnerabilidad, la trata amablemente y nos concede su compasión. Tanto si es psiquiatra como sacerdote, esperamos que esté de nuestra parte en nuestros esfuerzos por resolver o enfrentarnos a nuestros problemas, que responda a nuestra confidencia con comprensión y, si es posible, con consejos nos ayuden. La negativa a proporcionar esa comprensión y consejo parecería una respuesta cruel y negativa a una súplica. A Krishnamurti le acusaron a veces de semejantes descuidos. En efecto, su respuesta fue que la comprensión sólo servía para complacerse en un problema, y el consejo para proporcionar un medio para evitarlo, de modo que ninguna respuesta ayudaba a llegar a la verdad del mismo. Si la verdad era difícil de aceptar o brutal, si se reducía a un franco “Tú eres el problema”, él no consideraba que señalarlo fuera negativo o cruel. Él no se dedicaba al negocio de dispensar bienestar o respuestas, sino a catalizar la comprensión, ayudar a sacar la verdad a la luz.
De hecho, no era poco comprensivo, a menos que entendamos el término como sinónimo de indulgente. Un hombre poco comprensivo no hubiera estado dispuesto, como siempre lo estuvo él, a tratar los problemas de la gente. Hay más comprensión y más compromiso al escuchar que al facilitar respuestas y Krishnamurti era un oyente atento. Le decía con frecuencia a la gente que escuchara su problema, que no intentara hacer nada al respecto, simplemente escuchar y dejar que contara su historia. Como ejemplo mostraba cómo escuchar con total atención arroja más luz sobre un problema que cualquier proceso de análisis. Escucharlo significa permanecer en él y con él, dejando que se manifieste en su totalidad, no reducido a una pauta de causasefectos, y sin que intervenga la mente con su entrometida tendencia a juzgar, condenar, convencer o trascender. Las verdades que se manifiestan al escuchar atentamente quizá no sean agradables o cómodas para vivir con ellas, pero rechazarlas supone elegir vivir en la falsedad y la ilusión. Asistir a semejante arreglo no es una prolongación de la comprensión para un confidente, sino una complicidad con el rechazo y la falsedad. Krishnamurti nunca hubiera participado en semejante pacto, y, por eso, alguna gente le encontraba negativo e incluso cruel.
Al escuchar estaba alerta al ímpetu enmascarado de seriedad que no es realmente un compromiso serio con la verdad, sino una forma de preocupación por el Yo. Un intelectual, maestro de escuela, le dijo que estaba angustiado, como suponía que lo estarían millones de personas, a consecuencia de haber descubierto que ya no sentía nada por nada, ningún deleite en el mundo, ni ninguna piedad o preocupación genuinas. «¿Por qué hay este vacío entre el intelecto y el corazón?», preguntó. «¿Por qué he perdido el amor?» Una pregunta lastimera y ciertamente, como dijo el hombre, común, ¿pero salía del corazón?, ¿era seria o simplemente impetuosa? Krishnamurti contestó:
¿Realmente te preocupa que la mente y el cuerpo se unan? ¿No estás realmente satisfecho de tu capacidad intelectual?... Has dividido la vida en intelecto y corazón, y observas intelectualmente marchitarse el corazón y verbalmente estás preocupado por ello. ¡Déjalo que se marchite! Vive sólo en el intelecto.
El maestro protestó: «Pero yo tengo sentimientos», ante lo cual Krishnamurti fue implacable:
¿Esos sentimientos no son realmente sentimentalismo, exceso emocional?... Muere para el amor; no importa. Vive totalmente en tu intelecto... Y cuando vives allí, ¿qué ocurre?... Dices: «Debo tener amor, y para tenerlo debo cultivar el corazón.» Pero ese cultivo pertenece a la mente y, por tanto, siempre mantienes a los dos separados...
Y a la pregunta del hombre: «¿Qué debo hacer?», respondió: «No puedes hacer nada. ¡No te metas en eso! y escucha; y mira la belleza de esa flor.»
Muchos auto acusadores impetuosos se acercaron a Krishnamurti a lo largo de los años preguntando: «¿Qué hago?», y su respuesta siempre fue que la pregunta era evasiva, que no había nada que hacer. Si el cambio tenía que ocurrir, sería por medio de la perceptividad de sí mismo y no de la autocrítica. Su invariable requerimiento era: «Sé lo que eres, y escucha».
A una mujer que se acusaba de ser insensible y torpe, le dijo:
Lo insensible no se puede volver sensible; lo único que puede hacer es darse cuenta de lo que es, dejar que se revele la historia de lo que es.
A un hombre de negocios que confesó un persistente descontento con la vida:
Soporta el descontento sin desear apaciguarlo. Lo que debes comprender es el deseo de estar tranquilo.
A un hombre que confesó que le consumía la envidia:
Una vez que ha engendrado la envidia, el deseo busca un estado en el que no haya envidia; ambos estados son producto del deseo. El deseo no puede efectuar un cambio fundamental.
Por último, a un hombre rico, próximo al final de su vida, atormentado por la culpa de haber sido frío y cruel, y que preguntó si debía rectificar distribuyendo sus riquezas, le dijo:
No importa lo que hagas, pero es esencial ser consciente de lo que estás haciendo... No deseas actuar y, por tanto, preguntas qué debes hacer. De nuevo eres taimado, engañándote a ti mismo y, por tanto, tu corazón está vacío... Deja tu corazón vacío. No lo llenes con palabras, con las intrigas de la mente. Deja tu corazón totalmente vacío; sólo entonces se llenará.
La respuesta siempre es que la autoacusación no es conocimiento de sí mismo; de hecho, algunas veces puede ser un modo de satisfacción de sí mismo y una manera de evitar la verdad total de «lo que es» con una especie de perceptividad especiosa.
Aunque Krishnamurti estimaba poco la psiquiatría, considerando la relación pacientedoctor como encubiertamente autoritaria, y la terapia de ajuste como inadecuada y engañosa, algunas veces interrogaba a la gente, a la manera de un psiquiatra, para descubrir las fuentes latentes de su angustia. A una maestra de escuela, horrorizada por el descubrimiento de que aunque superficialmente era afectuosa y cariñosa, en todas sus relaciones siempre había habido una corriente oculta de odio y antagonismo, le preguntó: «¿Qué es lo que te interesa, no profesionalmente, sino en el fondo?» Ella dijo que siempre había deseado pintar. Cuando le preguntó por qué no lo había hecho, habló de su padre, un hombre interesado y agresivo, quien había insistido en que debía dedicarse a un trabajo remunerado. Krishnamurti la sondeó aún más, preguntándole si había estado casada y tenía hijos. Habló de una relación con un hombre casado, de los violentos celos de su mujer y sus hijos, los cuales, cuando la relación se rompió, se hicieron extensibles a envidiar a cualquiera que pareciera felizmente casado o con éxito. Como compensación, había intentado convertirse en la maestra ideal. Krishnamurti señaló que aquel mismo esfuerzo, aquella búsqueda de un ideal, había ocultado aún más profundamente su odio, su antagonismo y su conflicto interior. La conversación, hasta ese momento, había seguido más o menos el modelo psiquiátrico, pero cuando la mujer dijo que entonces lo comprendía todo, reconocía y aceptaba lo que era en realidad, Krishnamurti la reprendió:
Ese mismo reconocimiento proporciona cierto placer; proporciona vitalidad, una sensación de confianza al conocerte a ti misma, el poder del conocimiento. Igual que los celos, aunque dolorosos, proporcionaban una sensación placentera, ahora el conocimiento de tu pasado te proporciona un sentimiento de superioridad que también es placentero... En el conocimiento existe orgullo, que es otra forma de antagonismo. Estás atrapada en la red de tu propio pensamiento. ¡Qué astuto y engañoso es! Promete liberación, pero sólo produce otra crisis, otro antagonismo. Simplemente, vigílalo pasivamente y deja que su verdad se manifieste.
La mujer preguntó entonces si se liberaría de los celos y el odio, a lo que Krishnamurti contestó:
Ese deseo de obtener o evitar continúa estando en el campo de la oposición, ¿no? Ve lo falso como falso, entonces la verdad es... Ten sólo conciencia pasivamente de ese proceso de pensamiento total, y también del deseo de liberarte de él.
Si alguna gente se tomó el «Sé lo que eres» como una autorización para la satisfacción consigo mismo, no permanecieron en su error durante mucho tiempo. La vigilancia es un trabajo difícil, y la mente tiene recursos infinitos para evitarla dedicándose a la búsqueda de conocimientos. El conocimiento halaga al Yo, permite la ilusión de la evolución y el cambio. El conocimiento no produce la acción, sino la inercia. A un hombre que objetó que «sin conocimiento no somos nada», le dijo: «No eres nada... ¿Y por qué no ser eso?... La experiencia de esa nada es el principio de la sabiduría.» No sentía estima por la malaise existencial, la lucha de los filósofos sobre la cuestión de si el hombre tiene o no significación en el universo. Preocuparse por ser algo es igual que preocuparse por convertirse en algo: la misma clase de preocupación por el Yo. En el pensamiento de la fragilidad, la arbitrariedad o la indignidad del Yo es donde surgen muchos de nuestros problemas, y prosperan con semejante manera de pensar. Pero experimentar realmente esos estados es una cuestión muy diferente. Cuando Krishnamurti dijo: «Muere para el amor», «Sé insensible», «Sé envidioso», «Sé odioso», «Sé nada», no estaba aconsejando la aceptación de sí mismo, sino una perceptividad continua que no se dejaría reducir ni por la autocrítica ni por la satisfacción de sí mismo. Eso era lo que al final disiparía no el problema, sino al creador del problema, el orgulloso y perjudicialmente astuto Yo.
Cuando surgen los problemas en el contexto de nuestras relaciones pueden parecer de una clase diferente a los que tenemos con nosotros mismos, más complejos porque hay implicados otros yoes, quizá más urgentes, porque requieren decisión y acción. Sin embargo, fundamentalmente no son muy diferentes. Surgen del mismo conflicto entre el hecho de «lo que es» y la idea de lo que debería ser, y su solución depende igualmente de la atención y la perceptividad. Necesitamos las relaciones, la vida sólo existe en ellas, no relacionarse es estar muerto, pero las relaciones implican amor. Aunque pertenece a la sabiduría admitida que el amor es la respuesta a todos los problemas, también provoca los problemas más abrumadores de todos en la experiencia de la mayoría de la gente. Encontrarlo, mantenerlo, perderlo, comprenderlo, valorar sus variedades —el sexual, el espiritual, el familiar— nos da muchos problemas. El amor libera, nos hace olvidarnos de nosotros mismos, pero también ata, y el Yo rendido a la pasión, al reflexionar, con frecuencia se resiente de sus ataduras.
Una joven fue a Krishnamurti para tratar su deseo de librarse de su esposo, con quien ya no mantenía relaciones sexuales. Dijo que le guardaba rencor y no deseaba saber nada de él. Krishnamurti dijo que mientras le guardara rencor no sería libre, preguntándole por qué le guardaba rencor. Ella dijo que había descubierto que era mezquino, poco cariñoso y egoísta, y que la idea de que había tenido algo que ver con él le hacía sentirse sucia. «No puedo deciros el horror que he descubierto en él», le dijo. Krishnamurti la reprendió: «Él es lo que es, ¿por qué enfadarse con él? ¿Tu rencor está realmente dirigido a él? ¿O, al ver lo que es, estás avergonzada de ti misma por haberte asociado con él?» Prosiguió la argumentación hasta que la mujer admitió que así era. Aceptó que «el odio ata igual que lo hace el amor», y que sólo se vería libre de la relación cuando aceptara el hecho de que con quien realmente estaba enfadada era consigo misma. Pero entonces tenía otro problema: cómo verse libre de su vergüenza y cómo borrar el pasado, los recuerdos de los años que «me dejaron muy mal sabor de boca». «¿Por qué deseas borrarlos?», preguntó Krishnamurti, sugiriendo que quizá fuera porque tenía cierta idea y estima de sí misma que aquellos recuerdos contradecían. Su problema fundamental era que «se había puesto a sí misma en un pedestal llamado autoestima». Le dijo: «Si entiendes esto, entonces no tendrás vergüenza del pasado; se borrará por completo. Serás lo que eres sin el pedestal.»
En los problemas de relaciones, aunque culpemos al otro, con frecuencia el diablillo del Yo es el creador de la discordia. El Yo exige estima, tanto a sus propios ojos como a los de los demás. En su incertidumbre y fragilidad con frecuencia acepta la presión de los otros para someterse a ciertas pautas de conducta que se consideran la norma o el ideal; esa presión es especialmente fuerte cuando está apoyada por la sociedad, la clase o la religión a la que pertenece la persona. Este era el problema de otra joven, que tampoco estaba ya enamorada de su esposo, pues había sido violento con ella, por lo que ahora vivía con sus hijos separada de él. ¿Debía volver con él?, preguntó. Por supuesto, Krishnamurti no respondió a la pregunta, pero le hizo ver que la razón por la que se encontraba confusa era que estaba preocupada por la respetabilidad, que su preocupación por lo que debería hacer evitaba que pudiera ver con claridad «lo que es». Creía que estaba en una situación de elección, pero cualquier elección que hiciera en estado de confusión sólo la conduciría a mayor confusión. «¿Cómo voy a saber qué debo hacer?», preguntó la mujer, y Krishnamurti contestó: «La acción no sigue a la claridad: la claridad es acción... Si lo que es está claro, verás que no hay elección, sino sólo acción.» La mujer dijo que intentaría aclarar sus ideas, sin tener en cuenta la respetabilidad ni ningún cálculo egoísta, luego preguntó: «¿Pero qué ocurre con el amor?» Krishnamurti dijo que, por lo que le había contado, estaba claro que, como la mayoría de la gente, había utilizado la palabra amor, y se había casado, para hacer cosas respetables que realmente nada tenían que ver con el amor, como el temor a la inseguridad, la soledad y la satisfacción de impulsos y necesidades físicas. Estas cosas y la respetabilidad están provocadas por el pensamiento, y «el amor no es pensamiento... El amor no es sensación... El amor no puede ser un acto deliberado, porque el amor no pertenece a la mente».
Por tanto, ¿qué es el amor? Muchos de nuestros problemas de relación surgen de nuestro concepto erróneo o mal uso de la palabra, así como de las ideas y las esperanzas que tenemos sobre él. Krishnamurti expone y examina algunas tergiversaciones comunes:
¿No son los celos un indicio del amor? Nos cogemos las manos, y al minuto siguiente reñimos; nos dirigimos palabras duras, pero pronto nos abrazamos; nos peleamos, después nos besamos y nos reconciliamos. ¿Esto no es amor? La misma expresión de los celos es un indicio del amor; parece que están unidos como la luz y la oscuridad. La cólera pronta y las caricias, ¿no son la plenitud del amor?... ¿Qué es lo que llamamos amor? Es todo el terreno de los celos, de la lujuria, de las palabras muy duras, de las caricias, de cogernos las manos, de reñir y reconciliarnos. Estos son los hechos en ese terreno del llamado amor... En ese terreno que llamamos amor existe conflicto, confusión y antagonismo. ¿Pero eso es amor?
No, sostiene, el amor no es nada de eso. Al igual que la oscuridad no puede existir donde hay luz, los celos y el conflicto no pueden existir donde hay amor. El amor no es algo que su objeto ha traído al mundo, y que depende para su continuidad de que su objeto mantenga aquellos atributos que lo evocan. La mente aprehende esos atributos, que engendran placer y deseo, sobre los que se detiene el pensamiento, y constituyen un objeto que el Yo, y amante soi disant, procura poseer. Los conflictos y las turbulencias de lo que llamamos nuestras relaciones amorosas son realmente conflictos del Yo. Donde está el amor no está el Yo, de manera que no hay posesión. El amor, dijo Krishnamurti con frecuencia, es una llama sin humo: es el Yo, con sus deseos, sus esperanzas e inseguridades, el que genera el humo que lo oscurece y puede sofocarlo.
Una joven le dijo a Krishnamurti que le torturaban los celos y deseaba verse libre de ellos, pero que su amor por su esposo y sus hijos era tal que era incapaz de controlar sus celos. «¿Dices que el amor y los celos van juntos?», le preguntó. Ella dijo que eso parecía. Krishnamurti dijo: «En ese caso, si te liberas de los celos también te desharás del amor, ¿no?» Su problema consistía en que deseaba mantener el placer del apego y librarse del dolor del mismo. Lo que debía examinar y de lo que debía tener conciencia, le dijo, era de sus temores, porque el apego implica temor. La mujer confesó un fardo de temores: a no ser amada, a la inseguridad, a la soledad, a que le ocurriera algo a sus niños o a su esposo, a que él se fuera con otra mujer. Ahora veía, dijo, que el apego y la dependencia psicológica no eran amor, y que sus celos habían estado basados en el egoísmo. Y Krishnamurti le dijo que ahora se estaba condenando a sí misma, lo que era otra evasión de la comprensión. Le dijo: «Tienes que comprender la compleja entidad que eres, sin condenarte ni justificarte.» Mencionar sentimientos, hablar de celos, egoísmo, temor a la soledad no ayuda ni a la comprensión ni a la vigilancia. Las palabras están cargadas de implicaciones de condena o justificación, y «el proceso verbalizado es parte del yo». Sólo «cuando no hay denominación..., la mente no se aparta de lo que es».
¿No hablamos de amor con demasiada ligereza? ¿Muchos de los problemas en nuestras relaciones no surgen porque nos engañamos a nosotros mismos y a los demás al tomar la palabra por la cosa en sí? ¿No es el amor algo que aportamos a la relación en lugar de algo que esperamos que la relación ponga de manifiesto en nosotros mismos y en el otro? ¿No es, por tanto, independiente de su objeto, y, en consecuencia, no posesivo? ¿Y cuando lo buscamos, intentamos retenerlo o lamentamos su pérdida no estamos comprometiéndolo con aspectos del Yo y de la mente que no tienen nada que ver con él?
Sí, éstas son verdades que difícilmente podemos negar. Pero, preguntamos, ¿qué ocurre con el sexo? Ese es el gran problema de la vida para mucha gente. Los celos, los conflictos, las riñas, las rápidas transiciones de la ira al cariño, las turbulencias de la pasión que, como observó Krishnamurti, comúnmente se cree que constituyen la norma de las relaciones amorosas, generalmente tienen su origen en el sexo. Cuando necesitamos resolver problemas que tenemos con nuestra sexualidad o en nuestras relaciones sexuales, prestamos escasa consideración a cualquier resolución que pensemos que no tiene en cuenta la fuerza y la urgencia de la sexualidad en la vida humana. El sexo es un hecho de nuestra biología. Podemos reconocer que otros problemas que tenemos pertenecen a la mente, pero el sexo pertenece al cuerpo, y podemos preguntarnos si los problemas que tenemos con él se van a resolver por medio de la perceptividad pasiva no enjuiciándola cuando la cosa en sí subvierte y contradice la pasividad. También podemos preguntar si el sexo es una demanda del Yo, cuando lo experimentamos como algo anulador del Yo o que lo trasciende. Evidentemente, los seres humanos están menos atentos al Yo y al egoísmo cuando se encuentran bajo su esclavitud.
Por tanto, ¿qué decía Krishnamurti sobre el sexo, y qué decía basado en una comprensión de su necesidad apremiante? Estos son algunos extractos de una respuesta que le dio a un interrogador cuando dijo: «Estoy seriamente molesto por el deseo sexual. ¿Cómo voy a vencerlo?»
Por favor, perdóneme si no le digo cómo vencer el deseo sexual; pero vamos a estudiar juntos el problema, para ver qué supone, y, a medida que estudiemos el problema, usted mismo encontrará la respuesta correcta. Primero, entendamos el problema de vencer... Aquello que puede ser vencido tiene que ser vencido o conquistado una y otra vez... Mientras que si se comprende algo, se acaba. Así que si hay un problema, como tiene el interrogador, de sexo, debemos comprenderlo y no limitarnos a preguntar cómo se puede vencer.
Porque todos nuestros placeres son mecánicos, el sexo se ha convertido en el único placer creativo... Emocionalmente, somos máquinas que realizan una rutina, y la máquina no es creativa... Por tanto, como estamos rodeados por el pensamiento no creativo, sólo nos queda una cosa, el sexo. Como el sexo es lo único que nos queda, se convierte en un problema enorme, mientras que si entendiéramos lo que significa ser creativo religiosa y emocionalmente, ser creativo en todos los momentos... sin duda, el sexo se convertiría en un problema insignificante...
Un hombre que posee amor verdadero en su corazón no tiene penas y para él el sexo no es un problema. Pero desde que hemos perdido el amor, el sexo se ha convertido en un gran problema y en uno diferente, porque nosotros estamos atrapados en él, por el hábito, por la imaginación, por el recuerdo de ayer que nos amenaza y nos ata... La mayor parte del tiempo estamos encerrados en nuestros propios anhelos, deseos y temores, y, naturalmente, la única salida es el sexo, que degenera, deprime y se convierte en un problema. Así, mientras estudiamos este problema, empezamos a descubrir nuestro propio estado, es decir, lo que es; no cómo transformarlo, sino cómo llegar a tener conciencia de ello. No lo condenes, no intentes sublimarlo o encontrar sustitutos, o vencerlo. Simplemente, ten conciencia de ello, de todo lo que significa.
La mayoría de la gente que trató con Krishnamurti los problemas que tenía con el sexo estaba condicionada para considerarlo negativamente, como subversivo de la vida espiritual. Pero él no lo consideraba así.
A una joven pareja india que estaban casados, pero habían hecho votos, porque eran «muy religiosos», de no tener relaciones sexuales y estaban atormentados por la frustración, les preguntó:
¿Es vida religiosa el castigaros a vosotros mismos? ¿Es la mortificación del cuerpo o de la mente un signo de entendimiento? ¿Es la tortura auto infligida un camino hacia la realidad? ¿Pensáis que podéis llegar lejos por medio de la renunciación? La pasión debe ser comprendida, no suprimida ni sublimada. ¿Cómo podéis amar y comprender la pasión, si habéis hecho voto contra ella? Un voto es una forma de resistencia, y aquello a lo que os resistís finalmente os conquistará.
Krishnamurti estaba horrorizado por la violencia que algunos sannyasis de la India perpetraban contra sí mismos al tratar de vencer su sexualidad, porque no sólo fracasaban en su objetivo, sino que también les hacía insensibles a las maravillas y la belleza del mundo, a la vida y a la naturaleza.
El sexo sólo es un problema si lo creamos nosotros, buscándolo o rechazándolo por motivos equivocados. De hecho, cualquier motivo será equivocado, porque pertenece a la mente. Krishnamurti preguntó:
¿El sexo es producto del pensamiento? ¿Es el sexo —el placer, el encanto, la compañía, la ternura que supone— un recuerdo intensificado por el pensamiento? En el acto sexual existe olvido de sí mismo, auto abandono, una sensación de inexistencia del miedo, la ansiedad, las preocupaciones de la vida. Al recordar ese estado de ternura, de olvido de sí mismo, y al exigir su repetición, lo rumias, por decirlo así, hasta la próxima ocasión. ¿Es eso ternura o es simplemente un recuerdo de algo pasado y que, por medio de la repetición, esperas capturar de nuevo? ¿No es la repetición de algo, por muy placentero que sea, un proceso destructivo?
Reconocemos que el deseo sexual existe antes e independientemente del objeto que lo centra, porque es biológico y, por tanto, natural. Si no reconocemos con igual presteza que lo mismo es aplicable al amor, la consecuencia es que el amor no es natural en el mismo sentido, y tenemos problemas con las ideas sobre los atributos inferiores y superiores, más bajos y más nobles de la naturaleza humana. El sexo como expresión o acto de amor no es problemático, sólo tenemos problemas cuando no coexisten el sexo y el amor, cuando la mente los separa juzgándolos o buscando uno por medio del otro. Simular amor para así tener sexo, o entablar sexo para así asegurarse las imaginadas satisfacciones del amor —seguridad, ternura o lo que sea— son actos que garantizan los problemas. Los principios básicos de Krishnamurti se refieren a los problemas sexuales igual que a cualesquiera otros de la vida: sólo se resolverán por medio de la observación atenta, la perceptividad pasiva y la clara comprensión de «lo que es», que incluye la comprensión de que básicamente «tú eres el problema».
La palabra problema, señalaba Krishnamurti con frecuencia, en su derivación griega significaba originalmente «algo que te arrojan». Él quería señalar que cuando te arrojan algo, sólo tienes dos opciones: cogerlo o eludirlo, por lo que la decisión y la acción son simultáneas; «actúa la decisión». La definición también sirve para precisar otra clase de problemas, aparentemente diferentes a aquellos que tenemos con nosotros mismos o con nuestras relaciones, es decir, los problemas que surgen de las situaciones que nos arroja la vida, las desgracias, las pérdidas, los reveses y las tragedias que afligen la vida humana y de los que somos manifiestamente inocentes. Las religiones tienen consuelos formularios para las desgracias con que nos azota la vida: son la voluntad de Dios, la expiación de un mal karma que arrastramos de una vida pasada, cosas «que nos son enviadas para probarnos». Si parecen injustos, podemos estar seguros de que habrá un saldo final, el día del Juicio o en una futura reencarnación. Por supuesto, Krishnamurti no podía ofrecer semejantes consuelos, y cuando la gente trataba sus tragedias personales con él, algunas veces se escandalizaban por su respuesta.
Una mujer que había perdido a su esposo y a uno de sus hijos visitó a Krishnamurti en compañía de su tío, un hindú devoto. El tío dijo que ninguna de las ceremonias o creencias de su religión habían podido consolar a la mujer, y cuando contó su historia, lloró copiosamente todo el tiempo. Cuando hubo terminado, Krishnamurti le preguntó si había ido a él porque deseaba hablar con seriedad de la muerte y el luto, o para verse confortada por alguna explicación, para distraerse de su dolor con algunas palabras tranquilizadoras. Ella dijo que deseaba tratar el tema en profundidad, aunque no sabía si sería capaz de enfrentarse a lo que él le iba a decir.
El le pidió que examinara su dolor, y que se preguntara si era por su esposo o por ella misma. Le dijo:
Si estás llorando por él, ¿pueden ayudarle tus lágrimas? Se ha ido irrevocablemente. Hagas lo que hagas, no lo volverás a tener. Pero si estás llorando por ti misma, por tu soledad, tu vida vacía, por los placeres sensuales y la compañía que tenías, entonces estás llorando por tu propio vacío y por autocompasión, ¿no?... Ahora que se ha ido te estás dando cuenta de tu estado real, ¿no es así? Su muerte te ha sacudido y te ha mostrado el estado real de tu mente y de tu corazón. Quizá no desees verlo; quizá lo rechaces por miedo, pero si observas un poco más, verás que estás llorando por tu propia soledad, por tu pobreza interior; es decir, por autocompasión.
Eso era cruel, dijo la mujer, y no le proporcionaba ningún consuelo. Krishnamurti contestó que el consuelo siempre estaba basado en la ilusión, que la única vía para superar el dolor era ver las cosas como realmente eran, y que, sin duda, señalarlo no era crueldad. La muerte es inevitable para todos, y «uno tiene que entrar en contacto con esta atroz realidad de la vida». En este punto, el tío manifestó que en todos hay un alma inmortal que pasa por una serie de reencarnaciones hasta que alcanza la perfección. Krishnamurti contestó: «No hay nada permanente ni en la tierra ni en nosotros mismos», y explicó cómo el pensamiento y la memoria crean la ilusión de permanencia como un refugio ante el miedo a lo desconocido. Volviendo a la situación de la mujer, le recomendó que se ocupara de la educación de los tres hijos que le quedaban, en lugar de hacerlo de su desgracia y autocompasión. Si veía el absurdo de esos sentimientos, le dijo, «entonces dejaría de llorar espontáneamente, dejaría de aislarse y viviría con sus hijos con una nueva luz y una sonrisa en los labios».
Krishnamurti conocía el dolor del luto, porque en 1925 había perdido a su hermano Nitya y durante un tiempo había estado inconsolable. Siempre fue compasivo con los afligidos, pero fue despiadado con los sentimientos de los agraviados. Un hombre cuyo hijo había muerto en un accidente y cuya esposa lo había abandonado le dijo a Krishnamurti que, según su experiencia, no era cierto que la sabiduría llegara por medio del sufrimiento. El había sufrido mucho en la vida y se había encontrado con lo contrario. A la pregunta «¿Qué le ha enseñado el sufrimiento?», contestó que había aprendido a no tener apegos, a mantenerse a distancia, a controlar sus sentimientos y a tener cuidado de no ser herido de nuevo. Krishnamurti dijo: «Como dice, no le ha proporcionado sabiduría; por el contrario, le ha hecho más taimado, más insensible. ¿Enseña algo el dolor excepto reacciones auto protectoras?» Añadió que en el dolor siempre hay autocompasión, y donde hay autocompasión, nunca puede haber comprensión.
Una pareja india que tenía un hijo ciego le preguntó a Krishnamurti qué habrían hecho, en esta vida o en una anterior, para merecer ese castigo. Él dijo francamente que la ceguera del niño quizás tuviera una causa genética o física, y les preguntó por qué buscaban una metafísica. El hombre contestó que conociendo la causa, entendería mejor el efecto. Krishnamurti preguntó: «¿Quiere decir que le confortaría saber cómo ha ocurrido esto, no?» El hombre dijo que sí, a lo que el maestro respondió: «Entonces desea ánimos y no comprensión.» Y a la pregunta del hombre de si no eran la misma cosa, contestó: «Comprender un hecho puede ocasionar preocupaciones, no proporciona alegría necesariamente... Usted está preocupado por el hecho de la dolencia de su hijo, y desea que le tranquilicen.» El hombre protestó: «¿Por qué no debemos buscar la liberación de las preocupaciones? ¿Por qué no debemos evitar el sufrimiento?» Krishnamurti contestó:
¿Se libera uno del sufrimiento por medio de la evasión? Evitar el sufrimiento no es sino fortalecerlo. La explicación de la causa no es la comprensión de la misma. Por medio de la explicación no te liberas del sufrimiento; el sufrimiento continúa allí, sólo que lo has ocultado con palabras.
Lejos de dispensar consuelos y apaciguamiento, con frecuencia Krishnamurti le daba al preocupado motivos más sólidos para la preocupación. La esposa de un político preeminente, quien dijo que estaba enferma de angustia después de pasar meses cuidando de su esposo, cuya enfermedad los médicos decían que era mortal, lloró y le dijo a Krishnamurti que no podía soportar perderlo y ver que todo por lo que habían vivido y trabajado se hacía pedazos. Él le preguntó: «¿Ama a su esposo o las cosas que obtuvo por él?» Cuando ella no pudo contestar, le suplicó que no pensara que la pregunta era cruel, porque finalmente tendría que descubrir la verdad, «de otra manera el dolor siempre estará presente». La mujer se fue diciendo que de momento estaba demasiado confusa y afligida para pensar, pero volvió varios meses después, una vez que su esposo hubo muerto, diciendo que entonces podía ver las cosas con más claridad. «Su pregunta me trastornó más de lo que puedo expresar», dijo, y volviendo al tema declaró: «El amor es una mezcla de muchas cosas.» Krishnamurti descartó su evasiva y la apremió a que se enfrentara con la verdad, después de lo cual ella admitió —diciendo que estaba horrorizada de sí misma por hacerlo— que no había amado a su esposo en absoluto.
La verdad, la realidad de lo que es, puede doler, pero entonces el dolor también se convierte en parte de lo que es, entra en el flujo que es, siempre y simultáneamente, un final y un nuevo principio. Sólo el dolor que se evita perdura; sólo la mentira que no se reconoce, la explicación alcanzada para consuelo, la palabra disfrazada de la cosa y la solución que se encuentra por medio del pensamiento matan la perceptividad y hacen que nuestros problemas perduren. Quizá, secretamente queremos que perduren, porque no podemos imaginar qué seríamos o qué sería la vida sin ellos. Esa es nuestra elección, pero es una elección de esclavitud. Krishnamurti no ofreció ninguna respuesta, pero, lúcida e inequívocamente, nos mostró la alternativa.